Qué hace un buen libro
Qué hace bueno un libro. Esta es la pregunta que me ronda siempre, cuando acabo una novela buena, una mala y una regular. También la pregunta que ando respondiendo de fondo cuando hablo de literatura y que aún he sido capaz de solucionar.
Estas semanas han estado llenas de ruido literario, pero no de literatura. Trajeron polémicas que hicieron correr ríos de tuits y comentarios, de Stories de Instagram, de audios de WhatsApp, pero podríamos haber estado hablando de política o de toros con el coñac en la mano porque no han traído nada productivo. Nadie va a escribir más, nadie va a escribir mejor. El premio Planeta a Isabel Allende, la novela escrita con IA de Almadía, el fin de la librería Pérgamo. Han copado las redes sociales, pero solo ha sido contenido. Me agota la exaltación. Hay algo de paz en cerrar las redes y leer, se parece a apagar el extractor de la cocina. No dejan de dar voces, la feria es infinita. Pero
qué hace un buen libro.
En un artículo sobre escritura que lancé hace ya unos años hablaba de lo importante que era escuchar, escuchar, escuchar para escribir (hagan silencio para escuchar). Algo así repetí en la entrevista que me hicieron la semana pasada y mencioné a Hebe Uhart. A mí siempre me verán hablando de la voz del narrador porque es el lugar de la escritura que más me interesa, si no el único. Esto es otra entrada y un par de conferencias de sillas vacías.
El criterio para reconocer un buen libro cambia según el lector, entiendo. Los que intentamos escribir sufrimos un maravilloso proceso psicótico que consiste en disfrutar mucho más los libros que nosotros no podríamos haber escrito. Admiro lo que no sé hacer, cualquier cosa en la vida. Pero lo que sí reconozco —y he aprendido a leer libros así— es al escritor detrás de las historias. Y ahí es donde se me abre una puerta a una lectura diferente. La empatía con el escritor que maldice su novela y está a las tres de la mañana preguntándose por qué mierdas no tiene como hobby la escalada o el alpinismo. Es un proceso de comunicación velado, pero está. En esos dos momentos de lucidez del otro encuentro yo la cerilla para prender la mecha.
Tengo un criterio literario extra que no aparece en los manuales de teoría, que no tiene contenido, que no puedo explicar. Tiene que ver más con desarrollar el músculo del instinto literario que con nada que pueda plasmar en un taller de escritura: que me den ganas de escribir. El instante en el que dejo de ser una lectora pasiva a la que le sucede un libro y necesito contar. Eso es la cima, está por encima de cualquier galardón o recomendación. Es el máximo piropo que le puedo hacer a un texto. Escapa a toda lógica. Por ahí funciona el instinto.
Presté Cómo me hice monja de César Aira la semana pasada y, mientras lo dejaba en la mesa del bar, dije «me da ganas de escribir». Lo leí antes de volar a Argentina a presentar Tocan a muerto y ese relatito me cogió por las solapas. Después de haber escrito la historia de la abuela Milagros, vino Aira a decirme que escribiera desde un lugar mucho menos serio. Fue un alivio de luto. Allí en San Telmo leí a Isidoro Blaisten y fue lo mismo.
Siento una adoración sacrosanta por un puñado de obras porque hacen el truco de magia de sentarme al teclado. Nada fácil porque lo rehúyo como un gato el agua. Por eso son oro. Vuelvo a ellas cuando noto un parón de escritura y la conexión que tengo con estos textos me evita males mayores.
Libros que me dan ganas de escribir, en formato lista de la compra:
- El primero y absoluto primer puesto es Vivir abajo de Gustavo Faverón. No tengo un libro favorito, pero tengo un libro favorito. Las primeras cincuenta y seis páginas de esta novela bárbara son un detonante de escritura, quizá el más potente, al que más reacciono. Le debo una entrada a este libro.
- Los narradores en segunda brillan en mis estanterías como luciérnagas en las noches de verano. Me quedo atrapada leyéndolos y durante días le hablo en mi cabeza a un tú que no existe. Cinco horas con Mario me deja escribiendo sola en un folio en blanco.
- Palabra sobre palabra de Ángel González es mi manual de imágenes. Vuelvo a él cuando necesito aprender a mirar con los ojos de la extrañeza lo que me rodea. Esa distancia de escritura que busco.
- El Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin es capaz de hacerme ver trama narrativa hasta en la forma de echar detergente en la lavadora. Es incendiario en mi cabeza y peligroso: en casi nada hay una historia que merezca la pena, como mucho da para un tuit.
- Bah, de los Cuentos de Cortázar no hablo porque son mi biblia. El tipo me enseñó a escribir y a pasarlo bien. Las almas atormentadas están muy bien, pero fíjate en lo que se puede hacer con el narrador si lo usas así, es divertido.
- Borges le dijo a María Luisa Bombal que el argumento de La amortajada fallaría. Ella asintió, no le hizo caso y se marcó uno de los relatos más lúcidos que he leído. La teoría está muy bien, pero al escribir pasan cosas.
- Glenn Gould es gasolina para mi cerebro. Empiezo mi ritual de escritura con él. Cada vez que alguien tiene una inspiración arrolladora o un talento al que no puede escapar, siento la llamada del teclado. Me sucede con el Kind of Blue. La biografía de Gould que escribió Kevin Bazzana la tengo toda marcada.
- Veo en todas las fotografías de Saul Leiter novelas en potencia: narradores, ambientes, escenas enteras. Sus imágenes se escriben solas. Cuando escriba la novela erótica, tendré abierto In My Room en la mesa.
- El Sur de Adelaida García Morales. Otro narrador en segunda, otra obsesión.
- Cuando consigo despegarme del torrente narrativo de Morellón en Caballo sea la noche, ya todo quiero contarlo sin respirar. Me interpela y yo respondo.
- La poesía de Roberto Juarroz. Los poemas que más despacio he leído. Convierte el lenguaje en algo bello y afilado que no puedo esperar a usar. Un caleidoscopio que poner junto a la luz de la ventana. No es casualidad que abriera la novela con una cita de Poesía vertical.
Ahí va mi caja de galletas con tesoritos para la escritura que he ido encontrando estos años. Mis cartas de amor al oficio. No significa nada en lo teórico, pero todo en lo personal. Y aún así:
qué hace un buen libro
Seguiremos pensando en ello y caminando en silencio con las manos en la espalda. Les dejo la feria.
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