Más íntimo que la intimidad
Solo vengo a decir que leí un libro y me gustó. El resto del texto de esta publicación es prescindible, no son más que notas que escribo en posits, cuadernos, folios, catálogos del Lidl. Ideas que se me ocurren mientras cocino o conduzco después de leer un libro. No hay glamour aquí («ni el bizarro aparato de los palacios»), no hay foto para Instagram.
Llegué a Sylvia Molloy y a En breve cárcel en Buenos Aires, cuando le pedí a Facundo, librero de Norte, y a Damián Ríos, mi editor, voces narrativas espectaculares. Son mi fetiche literario y el lugar desde el que trabajo mis textos.
La edición que me traje en la maleta que más pesaba del mundo forma parte de la serie de Recienvenido, dirigida por Ricardo Piglia y en la que rescataba libros que no habían tenido su momentum. Es él quien hace el prólogo al texto y cuenta que casi pierde el ómnibus en Entre Ríos de lo absorto que estaba en la forma de narrar de la autora. Me habría pasado igual.
Es un libro íntimo, un historia de amor entre tres mujeres, de hecho, se la considera una obra pionera de la literatura lésbica argentina, no pudo publicarse allí y corrió de mano en mano fotocopiada. De esto me entero al terminar, rara vez leo sobre un libro antes de abrrlo, no me interesan los datos primero, siempre va al revés.
Pero no es solo un libro íntimo. Es más íntimo que la intimidad.
En cuanto leí la primera página lo entendí. Lo fácil era escribir esta historia en primera persona, pero qué clase de genia literaria tienes que ser para llegar a este narrador. Es una tercera persona escrita en presente sin la soberbia de la omnisciencia, sin la soberbia de un yo autor que se pavonea de lo mucho y lo bien que conoce a su personaje. Esto no, esta novela está escrita desde la carga de saber demasiado sobre el alma de una persona que no existe. Tan desde dentro que da pudor la intromisión en el pensamiento de otro. Una tercera que, en lugar de alejar, acerca todo lo posible. En fotografía sería algo así como usar un teleobjetivo, un zoom, con mira telescópica para hacer un plano detalle de la uña de tu vecino. Jamás había leído algo así.
Mira esto:
«Cuerpo: lo aprendió en su hermana, en ese hato que era su hermana. El cuerpo —su cuerpo— es de otro. Desconocimiento del cuerpo, contacto con el cuerpo, placer o violencia, no importa: el cuerpo es de otro. No une sus partes encontradas como no une la mirada con la ceguera, apenas reconoce la diferencia entre una y otra. Se veía de chica con una enorme cabeza, monstruosa, y poco más; al mismo tiempo la perseguía la idea —pero eso fue algo más tarde— de que no sabía pensar. No recuerda su cuerpo de entonces, sí lo que espiaba en el cuerpo de su hermana, no recuerda tampoco el dolor físico; ni el placer, hasta mucho después.
[…]
No sabe —nunca lo ha sabido— si está o no enferma. No sabe lo que es un dolor físico: alguien tiene que decírselo, alguien tiene que permitirle que le duela. Cuando un día en el colegio la mandaron a la enfermería y le dijeron que tenía un ataque de apendicitis sospechó que era una farsante: después de todo no le dolía tanto. Un corte, un tajo serían para ella el máximo dolor. O mejor habría que decir: la máxima imagen del dolor.»
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El texto es de 1981 y lo leo en 2026. No me interesan demasiado las novedades editoriales no por snobismo, sino porque no tengro prisa. Llego a las historias cuando llego. Me repele mucho la idea de consumir libros como si fueran bolsos malos de Zara. Entiendo que el mercado tiene que hacerme creer que debo leer Pajaritos preñados antes de que se le vayan las vitaminas y corre, corre, que acaba de salir. Bueno, ¿y?, leí Pedro Páramo 51 años después de que se publicara y no creo que eso afectara a mi relación con el texto. Y solo importa el texto. Lo demás es feria.
Aún no he leído nada más de Sylvia Molloy, pero solo aún.
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