Hay que volver a la extrañeza


 Estoy en la consulta del oftalmólogo y leo un cuento de Morosoli, El perro. Me deja pensando cosas que le anoto a lápiz en el margen. Son solo cinco páginas de texto, no es un historia impactante, no busca abrirme la cabeza. De hecho, la olvido hasta que vuelvo al coche. 


Conduzo y disocio. En ese trance vuelvo al cuento, a la extrañeza que me ha producido algo que no identifico. Aparco en la farmacia y vuelvo a abandonar el cuento y al perro y al dueño. El bolso, las llaves, pagar con tarjetas. Todo eso me aleja de la primera mitad del siglo XX en algún lugar de Uruguay y me hace estar aquí, aquí, aquí.


Llego a casa y el teléfono me reclama la poca atención que le queda a este cerebro destrozado por el siglo XXI. Ahora ya no estaré en ninguna parte, quizá en el limbo de pensamientos zombis al que nos vamos todos, un no-lugar que habitamos de tres a seis horas al día. Qué increíble locura colectiva esta. Da vértigo pensarlo. Lo que dijo Morosoli se desvanece y solo quedan unas pocas anotaciones en un lateral de un libro que ya ni recuerdo en el bolso sobre la mesa de la oficina, con el gato que dormita al lado. 


Es a la mañana siguiente, cuando el ritual del café y el libro me devuelve a Tierra y tiempo de Morosoli, el libro que compré en Eterna cadencia, ahí recuerdo la sensación de vivir por fuera que me produjo este escritor uruguayo. Ni siquiera leo, me quedo mirando cómo la luz hace formas al cruzar la cortina y, casi como una revolución política de una persona sola, decido que quiero plantarme ahí, en esa extrañeza que deforma el mundo desde un ángulo concreto y ya no tiene vuelta atrás. Hacerle el juego de luces a la vida que nos ha caído encima y no nos deja espacio para sentirnos ficcionados.


Abro un blogpsot o lo que sea porque no quiero la feria y el mercado. Bienvenidos.


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Le acompañaba siempre el perro.


Con decir «el perro» ya se sabía que era el de Martiniano, pues los otros perros tenían nombre, o se distinguían por «el perro de tal o cual». El perro se parecía a Martinano en muchas cosas. Ni al llegar ni al partir se acercaba a los otros perros. Ni los otros a él. Una cosa que llamaba la atención y hacía pensar. Alguna cosa rara había en aquel perro que le alejaba de los demás.


Los dos —hombre y perro— parecían siempre encerrados dentro de ellos mismos. Una soledad que les salía de adentro los alejaba de hombres y cosas.


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Fragmento de El perro, Juan José Morosoli. Cuento incluido en Tierra y tiempo (1959) y leído en la edición de Laurel de 2018. 




Laura Vivar

Comments

  1. cómo cuesta apagar el ruido del mundo!! lindo lo tuyo!

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  2. Gracias por escribir. Estaré atento.

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  3. Lo del limbo de los pensamientos Zombies es brutal. Gracias Laura por escribir esto. Ahora tengo ganas de leer a Morosoli!!

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